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un demonio con mis labios, mis mismos ojos y mi rostro lánguido el cual me grita: ¡que soy fea! ¡Que engordado! Que necesito hacer algo! Si no reventare una mañana cualquiera! ¡Una mañana de estas! – me decía alejita con sus pupilas aguadas mientras corría hacia el baño, tomando su vientre, Haciendo gestos abruptos, para culminar gateando sobre la alfombra, seguidamente enclaustrada y con la puerta aprisionada se golpeaba contra las paredes, mugía con violencia, se agarraba de los cabellos y trasbocaba sobre el baldosín.

entonces arrojada en un rincon respiraba suavemente, ya el demonio que se ocultaba en su peinador, contra  su mesita de noche se callaba, no la acusaba, ni levantaba su dedo para con su misma voz decirle que era una obra imperfecta, que solo si dejaba de comer guardaría silencio y no regresaría, desaparecería para siempre. Alejita corría débil de nuevo a su cuarto, después de azotar sus viseras y esforzar su organismo en un ritual diario, el cual le otorgaba el don de la palidez, de la flaqueza, de la enfermedad, pero ya en el, ya en su recamara observaba el espejo y esperaba en el no encontrar a ese ser pusilánime, odioso y vengativo, a ese demonio que le hablaba con sus mismos ojos, sus mismos labios, y su rostro lánguido. ¡Ah! Pero tal era su descontento al encontrarlo algunas veces sentado, de pie, sonriente o llorando que en su arrebato intentaba lanzarse por la ventana, cortarse las venas o injerir alguna dosis excesiva de medicamento.

Entonces yo le decía a alejita: le hablaba con fuerza: ¡que me escuchara, que el no existía, que no había nadie detrás del espejo, que no había tal arlequín con su risa bufonesca, que si era necesario rompería el espejo, lo rompería para que el huyera; ella en mis brazos reaccionaba implorándome que no lo rompiera, que ella tendría la fuerza para alejarlo con mi amor, con su voluntad, ¡que necesitaba tiempo! Yo solo besaba su frente y dormía, dormía en mis brazos. Al día siguiente aleja despertó algo débil con sus ojos enmarcados bajo un circulo de hollín, con sus labios áridos como arena desértica y con la voz ronca como mar golpeando las peñas- tomo una ducha muy en la mañana, abrigándose con su falda, su camisón blanco, sus medias hasta la rodilla, y sus zapatos negros, que combinaba con su grueso maletin de lana donde guardaba sus libros de física cuántica, sus pequeños textos de aritmética, algún tratado de antigua alquimia y un pequeño cuadernillo de poesía

En el cual solía extraviarse como un ave, pues aleja siempre decía que su alma era de aire, su espíritu pluma y su fin el gran azul, la inmensidad. Ya entrada en clase, reclinada sobre el ventanal, observaba no al maestro, si no los retoños de las rosas, los arboles que solían perderse en un infranqueable sendero de automóviles, se daba cuenta al palpar el vidrio de su languidez, de su rostro demacrado, antes reluciente con vetas rosas, de su nariz afilada hoy solo trazada por un hueso que dejaba notar sus altibajos en la humana forma- entonces Paula arrancaba en risotadas, la tirana le decía alejita, pues tenia ojo angélico para percibir el defecto en sus compañeritas, arrancaba en risotadas y acercándose sigilosamente a su oído le decía: ¡aleja la urraca! ¡Aleja el esperpento! ¡Aleja la fea! ¡Sos amorfa aleja!. Compungida,  sin mirarla con las manos en sus labios solo acertaba a zambullir su frente en el tablón del pupitre, donde arrancaba a llorar desconsolada, enrojecida con las mejillas cuajadas. Entonces alejita arrojaba sus libros, emprendiendo su huida hacia el patio donde cerca de un arbusto se echaba de bruces a llorar, a llorar la mala suerte, a llorar el odio, la venganza, a convertir piadosa la furia en lagrimas, como una virgen, en fin era un colegio católico y los mártires como las novicias conocen bien de la culpa, el azote, y la indulgencia.

Al regresar a su apartamento alejita busco a su madre, doña Adela viajaba para distraer sus penas después de la muerte de su esposo, había prometido que llegaría pronto, en el momento justo en que su espíritu se sumergiera en un mejor estado, pero no fue así, la niña solitaria no encontró a madre ni padre, solo un espejo con un demonio que le gritaba: ¡obesa! ¡Adelgaza!¡yerta! ¡Lánguida! ¡Urraca!- con sus mismos labios sus mismos ojos y su mismo rostro. Entonces me llamaba, me decía que fuera, que estaba muy mal, que en un minuto mas e iba a saltar, se iba a esfumar con las aves- yo no le contestaba- hace tiempo solía perder el control y figurarme en un estado catatónico- me gritaba de nuevo que se había vaciado un tarro de pepas.

Que se iba a matar, que me dejaba algo escrito con vale, pero que pensó que yo entendería por eso de escribir poesía, de ser sensible, que solo era un maldito bipolar que sabia a lo mas de borrachera y drogas, Yo no le respondía- solo le otorgaba mi silencio, pues ella no entendía que del otro lado del teléfono también se sufría, mi corazón se encogía, se empañaba con fríos trazos para después liberarse con fuerza y bombear toda su sangre por cada cavidad de una manera abrupta y desconcertante, entonces enrojecía, sudaba y lleno de pánico gritaba, gritaba con culpa, acusado, no esperando que entendiera, solo le ofrecía unos labios ausentes. callaba, solo callaba pues era la muestra de mi alma destrozada. Y alejita llorando, llorando me decía: maldito, ¡maldito insensible!—y yo, y yo solo tenia miedo. Al anochecer me dirigí donde aleja, golpee la puerta con mi puño, una, dos, Tres veces pero no respondió, todo descansaba en un inquietante reposo, hasta la puerta como una muralla infranqueable entre sus ojos y los míos, nuevamente azote el portón con desespero, nuevamente con mi puño, hasta que se abrió suavemente, era vale con sus ojos aguados y las mejillas repletas de arroyos de lagrimas que se abrían paso entre una piel almidonada, alejita estaba en el sofá, en el fondo, con su cuerpo recogido, sus brazos abrazaban sus piernas, y sus rodillas sostenían su rostro donde débilmente sollozaba y repetía.

¡El demonio me va a llevar y yo tan bonita y tan débil! ¡ y moriré sola como mueren las gordas! ¡Sola!. Tome su rostro levantándolo y dejando relucir la belleza de mi alejita. ¡Te acuerdas! Me dijo- del viaje, del buque, de cuando seremos felices si la vida no nos condena?. Yo se que has llorado, como no saberlo?, pero estamos malditos, somos una generación perdida, una generación sin rumbo… ¡ah malditos espejos! Solo si alguien nos hubiera ayudado. Solo si alguien se apiadara de nuestra tragedia. Me beso entonces con fiereza, con pasión, como si su boca emprendiera una despedía, tan melancólica que nuestra saliva solía convertirse en lagrimas, en lagrimas, y yo solo temblaba. ¡No quiero mas! Estoy triste, tengo miedo, mis manos tiemblan, me quiero morir, ya no aguanto, mis nervios están destrozados, quiero morir, ya no quiero mas droga, no más cuartos acolchados. Entonces alejita tomo una pastilla la cual la imprimió en su dedo para después llevarla a su lengua donde manteniéndola en su boca, en un momento con un gesto compasivo me beso. Haciéndome pasar la Pepa sutilmente y diciendo ¡tu cura! Sonrío y nos hundimos en un adormecimiento como la muerte en un ensueño sin pesadillas, sin sobresaltos, sin gritos ni sudores, solo arrullados por la mano materna de la brisa y el abrigo de la musicalidad de las luces. Vale ya había marchado pero antes sobre el mesón había preparado la merienda, un par de frutas cortadas y un vaso de jugo, unos panes tostados con mantequilla y un dulce de leche. Por primera ves vi a alejita feliz, por primera vez en una semana la vi comer con ligereza, con un semblante manso y amoroso A la par que me miraba con sus pupilas que solo me infestaban de paz.

Ella me tomo de la mano y me condujo hacia su alcoba donde yo recostado en su vientre le dije ¡aleja juiciosa! Y ella siguió comiendo mientras la luz se convertía en sonido ¡aleja juiciosa! Pero la dicha fue corta, corto fue el momento, por que unos minutos después de nuevo en el baño trasbocaba, devolvía la comida. entumecida y débil, gritando nuevamente, por que nuevamente en su cuarto el espejo le decía: ¡Gorda! ¡Amorfa! ¡SOS fea! ¡hay que adelgazar! Pasado unos segundos arribó al umbral del cuarto y temblando me dijo ¡ya el efecto se acaba! ¡Ya regresamos! ¡No hay mas pepas!. Se puso a llorar, mientras me decía-¡también tiemblas! ¿tenes miedo? Alucinas? ¡Pobre mi amor! Entonces nos fundimos en un abrazo sediento. Bajo nuestros cuerpos sudorosos yo la abrigaba del demonio que gritaba con su misma voz, y ella de mis recuerdos, de mis terrores, de mi pánico, como si construyéramos un mundo perfecto, un escudo, como si por medio de ese abrazo la dosis se condensara y nos diera un poco más de ensueño. Tome el cuerpo de aleja, su cuerpo delgado, su rostro que tanto amaba, pues fuera ya de su creencia aleja era hermosa, su rostro, sus ojos, sus labios, mas a falta de comida, su cuerpo, su cuerpo hoy era delgado en extremo. Y entre sus manos me parecía que su cuerpo cada instante adelgazaba más y más, ¡y tuve miedo De perderla, miedo de que se esfumara en mis brazos, que se hiciera aire y al aire siguiera, entonces la abrase de nuevo con mas fuerza, y nos sobrevino el sueño, un sueño profundo como la muerte un sueño extraño y sublime. En el vi a alejita esfumarse, no lo recuerdo bien, la vi hacerse delgada y convertirse en una niebla grisácea hasta desaparecer en mis brazos, yo trate de despertarme pero solo temblaba. seguidamente observe el espejo y vi al demonio, era aleja, mi alejita en toda su hermosura.

Solo recuerdo que con su mano levantada me dijo adiós y yo dormí en un sueño profundo, un sueño como la muerte, solo un sueño, aleja había adelgazado y se había esfumado. Desperté…. Al día siguiente todo era blanco, las paredes acolchadas. Trate de levantarme y estaba atado, entonces grite, grite con fuerza, dije al enfermero, le pregunte por alejita, el no respondió, solo atino a inyectar un sedante en mi brazo, un sedante. Envuelto en lagrimas le dije “¿por favor donde esta mi alejita?, tenga piedad de mi!” el sonrió y me dijo: “¡su ALEJITA hace parte de su paranoia, un episodio alucinatorio de su trastorno, no se esfumo, no existió, ya en unos días la olvidara!” Hoy solo pienso, hoy solo digo que, ahora no se quien la protegerá, en verdad no lo se del demonio, que le grita con su misma voz ¡aleja la gorda! ¡Aleja la urraca! ¡sos fea alejita!